Tras suicidarse junto a su flamante esposa, Eva Braun, Adolf Hitler salió del Führerbunker ubicado bajo los jardines de la Cancillería y caminó por la Dorotheenstrasse disfrazado de Vladímir Ilich Uliánov (Lenin). Al pasar junto a dos soldados del Ejército Rojo apostados en la esquina de Wilhelmstrasse, comprobó que su disfraz era perfecto, ya que los jóvenes comunistas, que lógicamente no creían en fantasmas, le franquearon el paso con el puño en alto. Hitler abordó un Mercedes negro, se dirigió a Tagel, ya que Tempelhof había sido ocupado por las tropas soviéticas, y abordó un Focke Wulf que lo estaba esperando en ese aeropuerto. El aparato cruzó el océano Atlántico y arribó a la Argentina. Hitler descendió en El Palomar tras recibir el tratamiento de inmortalidad del doctor Hans Pffitzer. Esta vez estaba vestido con un traje de tres piezas azul, convenientente engordado y con el cabello teñido de rubio. No fueron fáciles los comienzos en el país sudamericano para el ex Führer, pero luego de aprender el idioma pudo dedicarse a la política, actividad que aún realiza en nuestros días, con moderado éxito.Acerca del autor: Sergio Gaut vel HartmanSource:http://brevesnotanbreves.blogspot.com/2013/08/el-incontenible-ascenso-de-ralf.html
El incontenible ascenso de Ralf Doolithe - Sergio Gaut vel Hartman Images
—Tengo que escribir un cuento breve en el que estén estas siete palabras: brazo, verano, búfalo, nadador, vendaval, brillo y babor. —Abrí una nueva botella de cerveza y bebí un largo trago. Analía me miró como si hubiera degollado a su madre (que cada uno de los lectores interprete esto como más le guste).—Ya lo hiciste, entonces —respondió.—Me da vergüenza; es como un fraude, ¿no?—El verano pasado en Pinamar —Analía entrecerró los ojos—, cuando el brillo del sol se hacía insoportable y una casi rezaba por un vendaval que barriera con todo, emergió del mar un nadador que tenía tatuado un búfalo en el brazo izquierdo.—Fallaste. Ahí van seis y las palabras son siete. —Estaba feliz con el fracaso de mi mujer, pero ella no se acobardó.—Había estado navegando en un yate de diecinueve metros de eslora y se arrojó al agua desde la banda de babor. ¿Conforme?—¿Te parece que eso es un cuento?Analía se tomó su tiempo para elaborar la respuesta, y cuando lo hizo me pegó donde más duele.—Y esto ¿te parece que es un cuento?Acerca del autor: Sergio Gaut vel Hartman